domingo, 26 de julio de 2015

LA MORTAJA


Representación de "O Velorio" de Francisco Taxes por el Centro Dramático Galego.

Lo que pasó aquella noche en una pequeña aldea cercana a Vigo nunca lo olvidaremos. Desde el mismo momento en que los sepultureros sellaron la lápida del nicho, en donde reposan los restos de doña Anuncia, nuestra boca quedó sellada por un pacto de silencio. Y el caso es que la experiencia, borrosa ya por el paso del tiempo, tuvo su aquel.

Si había un rasgo que caracterizaba a doña Anuncia era que vestía siempre de negro. Alta, delgada, su pelo blanco recogido en un bonito moño dejaba a la vista una cara ascética, labios gruesos que se curvaban hacia abajo en un gesto de amargura, ojos verdes que resaltaban en el moreno de su piel, su mirada era extraña y triste. “La elegancia no está reñida con la austeridad”, decía a veces cuando algún familiar le proponía ponerse algo más alegre. ¿Elegancia oscura?…, sus pocas visitas a Vigo, como dicen los habitantes del rural cuando van al centro, era para despachar algún asunto económico con su administrador, alguna visita al médico o a la modista.

—Siempre va de negro Doña Anuncia, debería alegrar un poco su imagen, le vendría muy bien para la salud  —le decía Don Andrés, el médico.

—No voy de luto ni de alivio de luto, me gusta el negro —le contestaba ella.


Siempre seria, emanaba tristeza y soledad pero también amable en el trato y solícita cuando se trataba de atender a sus amigos o familiares. Solo desaparecía esa tristeza y sus labios atisbaban una sonrisa cuando los niños de Nucha y Alba, sus sobrinas, correteaban por el viejo caserón. 

Decían en la aldea que de jovencita la señora Anuncia, antes de irse a la capital, era una de las niñas más bonitas de la zona, su pelo negro y sus ojos verdes la hacían candidata a encontrar un buen rapaz, casarse y criar hijos, "como Deus manda".

Anuncia o Nunci, como la llamaba su familia, tuvo que marcharse a Madrid con dieciséis años a cuidar a su tío Lino, un solterón persistente que había emigrado en los años veinte a hacer las américas. Lino había vuelto de México a principio de los cincuenta con un buen capital y no quiso volver a Galicia, dicen que por unos asuntos de faldas mal resueltos, compró una casa de tres plantas en el barrio de Chamberí en Madrid y en el bajo instaló “Ultramarinos Monterrey”, con los seis empleados trabajando ante su atenta mirada, buen género y una buena clientela llegó a ser un referente en el barrio.

Anuncia a los cuatro años de su llegada ya tenía mando en plaza y el tío Lino, viendo que su sobrina estaba sobradamente capacitada para lidiar con clientes, empleados y proveedores, fue dejando en sus manos el negocio mientras se retiraba, no sin echar un ojo, a la rebotica con sus amigotes, cuatro gallegos y un andaluz. Tute, dominó y largas discusiones, ella reía cuando bajaban la voz; “mujeres, curas o política”  se decía; cuando discutían de fútbol o toros tenía que pedirles que hablaran más bajo o que pasaran al otro tema. 

Manuel era uno de los pocos amigos del tío que no era gallego, un malagueño de pura cepa, funcionario del Ministerio de Industria y el único que tenía acceso a la rebotica de los gallegos, con él vivía un hermano mucho más joven que había logrado colocar en Endesa de electricista. 

Miguel era de mediana estatura, moreno, ojos negros, más bien feo pero con una sonrisa y un hablar que a la chica le encandiló en cuanto lo conoció. Se hicieron novios, con la bendición del tío, como correspondía. Los domingos salían al cine o a pasear, Parque del Oeste, Retiro, La Dehesa de la Villa, las menos de las veces por la Casa de Campo; algunas veces sentados en un banco Miguel le decía:

—¡Ojú!, ¿qué hace un malagueño rondando con una gallega?, que apaño más raro.

Y ella reía mientras él le cantaba al oído

“Ojos verdes, verdes como la albahaca.
Verdes como el trigo verde
y el verde, verde limón…”

Un día apareció por la tienda con una gran caja y le dijo:

—Hija, tú traje de verdiales… vamos, de gitana, y un mantón. Cuando vayamos a Málaga te voy a llevar a la grupa de un caballo blanco a pasear por la Feria. Ya verás, con ese cuerpo y esos ojos vas a ser la admiración de todos.

Que distinto era Miguel de los rapaces del pueblo. Siempre estaba sonriendo y esa forma de hablar y de cantarle al oído…

A los dos meses de prometerse Miguel se cayó de un poste de alta tensión y falleció sin pedir permiso ni avisar. Anuncia se puso de negro, guardó el traje de gitana y nunca más salió a pasear ni al cine, su vida se convirtió en un circuito cerrado: tienda, casa, parroquia.

Pocos años después de que su tío muriera, dejándola como única heredera, traspasó la tienda, vendió los pisos y se volvió a Galicia. Compró en una aldea cercana a Vigo un viejo caserón de piedra rodeado de una parcela de viñas y algunos frutales donde no faltaban pinos, nogales, carballos, fresnos y una gran palmera en la entrada, lo rehabilitó y consumió su vida, que no su hacienda, entre la casa, sus lecturas, la parroquia y cinco visitas obligadas todos los años: la tumba de Santiago Apóstol, Santa Marta de Ribarteme, La Franqueira, San Roque y la Procesión del Cristo de la Victoria.

Todos los días hiciera sol o lluvia, nevara o granizara se pasaba por la Iglesia, entraba en el cementerio anexo y se quedaba unos minutos rezando delante de los nichos de sus padres y del tío Lino. Las tardes las ocupaba entre la visita a los enfermos, el ropero parroquial, un funeral si se terciaba, el rezo del Santo Rosario y por supuesto las misa de los domingos. Era espléndida con las limosnas y siempre estaba dispuesta a echar una mano en algunos problemas económicos que se presentaban en la Parroquia, sea para tapar aquella gotera para la que no llegaban los fondos parroquiales o para atender a alguna familia desfavorecida. Siempre de mano de Chema, el cura párroco, al que ella llamaba don José María, el cura había desistido hacía tiempo de que le tuteara y le llamara por ese diminutivo “tan impropio de un ministro de la Santa Madre Iglesia Católica”, pensaba ella.

A sus sobrinas les gustaba ir a pasar el día a casa de la tía Nunci, incluso en Navidades se quedaban con la tía todas las fiestas en compañía de sus maridos y las niñas. Cuando Nucha y Alba eran niñas disfrutaban allí de las vacaciones escolares y correteaban por la casa jugando al escondite u ocupaban las tardes en el “faiado" (desván), donde la tía guardaba viejos muebles, baúles de ropa y muchos libros, allí se imaginaban que estaban en un palacio habitado por “meigas” y fantasmas.  Solo los niños le borraban esa mueca de la boca y la hacían sonreír, de ahí que a su edad todavía participaba con ilusión en la catequesis parroquial con los pocos niños que iban quedando en la aldea.

Últimamente la Tía Nunci cuando se despedía de ellas no hacía más que recordarles insistentemente:

—¡No os olvidéis!, mi mortaja está en una caja encima del armario ropero de mí dormitorio. Cuando Dios me llame me vestís con ella…

—¡Ande tía!, no diga esas cosas —le respondían las sobrinas a dúo, como en la jaculatoria de un rosario.

Pero la Tía Nunci continuaba:

——¡No os olvidéis de mi mortaja!, está encima del armario ropero de mi habitación. Es lo único que os pido. Y el velatorio lo quiero en casa —insistía— quiero un velatorio de los de antes y nada de incinerarme... Me enterráis en el nicho que está encima de los abuelos y debajo del tío Lino, he dejado todo dispuesto y pagado. Recordad además que hay una libreta a vuestro nombre exclusivamente con dinero para gastos del entierro, si sobra algo, que sobrará, lo dejáis en el cepillo de la Parroquia. La casa y el dinero que tengo en el banco será para vosotras.

—Tía, déjelo, ya lo sabemos —le decían mientras subían al coche—siempre nos vamos temiendo que le pase algo.

Y la tía Nunci se quedaba, como tantas veces, viendo como el coche salía de la finca y enfilaba la carretera. Repetía el mantra de la mortaja y el entierro pensando que sus sobrinas, aunque eran buenas rapazas, estaban demasiado apegadas a las nuevas modas. Incineraciones, tanatorios, salas impersonales con el féretro expuesto detrás de un cristal y rodeado de coronas y ramos de flores como si fuera un artículo a la venta. A ella nunca le ocurriría eso, ella quería ser enterrada con la mortaja que había elegido y con un velatorio en casa. ¿Qué eran esas moderneces de no velar a los muertos de noche?.  Para algo tenía aquel gran caserón.

Una tarde de finales de octubre sonó el teléfono en casa de Nucha, era María, la mujer que hacía las veces de asistenta y acompañante de la tía desde hacía muchos años.

—Hay que desgracia Nuchiña, doña Anuncia ha muerto, veniros para aquí.

Nucha llamó a Alba, colocaron a las niñas en casa de sus abuelos y salieron hacia la aldea acompañadas por sus maridos y con un nudo en el corazón. Mientras viajaban Nucha y Alba hacían memoria de sus instrucciones, se las sabían de memoria. Los nichos de la familia, el velatorio en casa, la mortaja encima del armario…

—Habrá que hablar con el mesón para que nos preparen algo de comida para el velatorio, jamón, tetilla y membrillo, tortillas, unas empanadas y de la panadería, unas bicas, rosquillas,… la noche de mañana va a ser interminable prima —comentó Nucha a Alba.

Llegaron a la casa cuando salía don Andrés, les dio un beso a las dos, el pésame y les entregó el certificado de defunción.

—Lo siento mucho niñas, últimamente tenía muy alta la tensión y el corazón no ha aguantado, ha muerto muy tranquila, ni se ha enterado.

—¡Pero nosotras no sabíamos nada don Andrés!.

—Ya sabéis cómo era, me prohibió terminantemente que os lo dijera —les dijo antes de despedirse de ellas.

Con lágrimas en los ojos entraron en la casa, subieron las escaleras y entraron en su habitación, yacía sobre la cama con las manos en el pecho, "parece dormida", decían las sobrinas.

Inmediatamente llamaron a la funeraria para que prepararan un velatorio en el domicilio, pusieran esquelas en el Faro y también en la radio, dieron instrucciones a sus maridos para que desalojaran del gran comedor de la planta baja las mesas y ordenaran sillas, sofás y sillones para que pudieran descansar los asistentes y se dirigieron al armario en busca de la mortaja. Por la mañana temprano llamarían a los amigos y a los pocos familiares que quedaban.

Nucha acercó una silla que sujetó con las dos manos mientras Alba se subía a ella y palpaba en lo alto del armario, cogió algo que le pareció una caja y se la dio a su prima, comprobó que no había nada más y bajó. Depositaron la caja encima de la cama y cuando la abrieron se llevaron una gran sorpresa.

—Esto está mal Nucha, esto no puede ser la mortaja —dijo Alba sentándose en la silla como si así pudiera pensar mejor.

—Pues es lo que decía la tía, encima del armario en una caja…

—Ya Nucha, pero… esto no cuadra con la tía, con lo seria que era… ¿tú la viste alguna vez cantar coplas?, pero si nunca escuchaba música y nunca la escuchamos cantar nada… bueno, menos en misa. ¿Qué sabía la tía de Andalucía…? tiene que haber un error. ¿Tú te imaginas un velatorio con la tía vestida de gitana?

—Pues… no, tienes razón —asintió Nucha— Vamos a ver dentro del armario por si…

Abrieron el armario y fueron revisando todos los vestidos hasta que se encontraron, colgando de una percha y metido en una funda de plástico, un hábito penitencial.

—Ese debe de ser. Lo bajaría al armario y se le olvidaría decírnoslo. Aunque… ¿para que querría la Tía un traje de gitana?. Nunca había visto ese vestido y parece antiguo pero creo que nunca se ha estrenado... mira, todavía tiene unos alfileres… ¡María!, ¡María!…

Nucha salió al pasillo llamando a la asistenta que estaba ayudando a sus maridos en el salón.

—Dime Nuchiña.

—¿Tu sabes qué es esto?

—No niña, parece un vestido de esos que llevan las andaluzas —contestó María con los ojos como platos— además… si siempre iba de negro… eso no es de la Señora.

—Pues estaba encima del armario, donde dijo que estaría su mortaja… Mira hemos encontrado este hábito colgado en el armario…

—Pues será ese, vuestra tía nunca permitiría que la amortajaran vestida de Lola Flores, era muy seria, ¡será cosa do demo! —sentenció María.

Nucha volvió a sacar el vestido de gitana de la bolsa y dijo:

— A ver si la Tía tenía aficiones que no conocíamos…

—¡Quita para allá rapaza!, que iba a tener, que iba a tener… —contestó María mientras arrancaba el vestido de las manos de Nucha y lo volvía a dejar en su sitio.

Cuando llegaron los de la funeraria el cadáver de Anuncia ya estaba dispuesto, Concha, una vecina y compañera del ropero parroquial, les había ayudado a lavar el cuerpo, a peinarlo y a vestirlo con el hábito. Ellos solo ayudaron a introducirla en la caja y la bajaron al salón, ya dispuesto para el velatorio. Lo subieron a un catafalco que estaba en el centro de la estancia y cubierto por un mantón negro. A sus laterales candelabros con unos velones, tres por cada lado, y una gran cruz en la cabecera. La Tía lo había dejado todo dispuesto.

Al rato llegó don José María o el padre Chema y después de charlar un rato en el recibidor hablando sobre las circunstancias del fallecimiento entraron en el salón y comenzó el rito de la Vigilia por el difunto. Terminado este salieron todos a despedir al párroco y cerraron con llave la puerta del salón. Tocaba dormir un poco aunque tan solo fueran un par de horas, incumplirían por unas horas el deseo de la Tía, pero necesitaban descansar para lo que les esperaba al día siguiente.

Desde primeras horas de la mañana aquella casa fue un ir y venir de gente, amigos, vecinos, conocidos, todos pasaron a dar el último adiós a Anuncia, mientras María y dos vecinas, que había traído para que le ayudaran, no paraban con el café, la bollería y las pastas. A la hora de la comida se fueron turnando para sentarse a la mesa de la cocina, el agotamiento y la tensión con tantos pésames ya les abrumaba a todos y faltaba la tarde y sobre todo la noche hasta las once del día siguiente que era la misa de córpore insepulto y el entierro.

La tarde fue todavía más agobiante, la gente iba pasando del velatorio a la gran cocina en donde podían reponer fuerzas. Ya entrada la noche solo quedamos los más allegados, las sobrinas, sus esposos, los más cercanos y algunas vecinas y compañeras de la parroquia que comenzaron a rezar un rosario. Los hombres pasaron a la cocina en donde daban cuenta de café, rosquillas, galletas y aguardiente. A las doce de la noche volvió el padre Chema y pasaron todos al velatorio para acompañarlo en los rezos.

En la sala solo se escuchaba la voz del cura:

—A ti, Jesús, Señor, que quisiste compartir nuestro dolor, dirigimos nuestras súplicas.
Tú, que te compadeciste de la viuda de Naín, desolada por la muerte de su hijo.

A lo que los presentes contestaban:

—Ten compasión de nosotros.

—Tú, que lloraste ante el sepulcro de Lázaro, muerto de cuatro días.

— Ten compasión de nosotros.

—Tú, que, muriendo de tristeza, sudaste …

Y antes de acabar la frase se fue la luz. El marido de Nucha corrió al mueble del recibidor a coger dos grandes linternas que siempre se guardaban allí. Cuando volvía se escuchó un fuerte ruido, como si algo se hubiera caído al suelo en el centro del salón. Alba cogió una linterna de las manos de su cuñado, la encendió y cuando iba recorriendo con la luz la estancia se quedó paralizada y los vellos se le pusieron de punta.

Lo primero que vio fue el féretro en el suelo y cuando se acercaba hacia el despavorida alguien tocó su hombro y escuchó la voz de la Tía Nunci:

—Alba, cariño, mira que os dije cientos de veces que mi mortaja estaba encima del armario en una caja.

Cuando se dio la vuelta sintió horrorizada las manos frías de su tía acariciándole las mejillas mientras la miraba con esos ojos… su cuerpo lo recorrió un escalofrío.

—Nucha, María, Concha, venir arriba a ayudar a Alba.

Los acompañantes estaban paralizados por el pánico, al padre Chema se le había caído el hisopo y no hacía más que santiguarse. Dos vecinas se habían desmayado en uno de los sofás mientras los hombres, con los ojos desorbitados, perdían de su rostro el color rosáceo producto de las copas de aguardiente.

 De la boca de Nucha solo pudo salir un:

—Tía…

—Nucha… Alba, ¿qué os decía yo?, que me vistierais con el traje de encima del armario.

—Pero… tía, era un…

—El de encima del armario —sentenció mientras las sacaba del salón y comenzaban a subir las escaleras.

María y Concha, aterrorizadas, se quedaban rezagadas como queriendo evitarse la visión pero Anuncia se detuvo, las miró y dijo:

—Daos prisa, que don José María tiene que acabar el responso.

Una vez en el dormitorio ella se echó en la cama, cerró los ojos y las mujeres, no sin que les temblaran las manos, comenzaron a desnudarla para ponerle la mortaja que ella deseaba.

Mientras, el marido de Alba, sacando fuerzas de la flaqueza, llamó a don Andrés el médico.

—Soy… soy el marido de Alba, la sobrina de la tía Nun… de doña Anuncia, venga urgente por favor, ha pasado algo muy, muy… por favor venga,… la tía Nunci está… no está muerta... está viva... o por lo menos... venga por favor.

El médico, que vivía dos casas más abajo, se puso el abrigo por encima del pijama y corrió hacia la casa,  sofocado por las prisas llego a tiempo de ver algo que tampoco olvidaría mientras viviera. 

Por la escalera bajaba una extraña procesión encabezada por Doña Anuncia con un traje de gitana, mantón sobre los hombros y pañuelo en la cabeza rematado con una flor y seguida por las sobrinas y unas mujeres, pálidas, con cara de espanto y apoyándose en la barandilla o en la pared.

—¡No puede ser!, firmé ayer el acta de defunción…

—Buenas noches don Andrés —saludó la difunta al médico— no tenían que haberle molestado, vuelvo a mi féretro.

Don Andrés tuvo que sentarse en el banco del recibidor para evitar caer desmayado. La comitiva entró en el salón, las beatas seguían en los sofás rezando y los hombres paralizados. Chema, o don Jose María, tenía otra vez el hisopo en una mano y el libro de oraciones en el otro pero miraba como ausente y por el movimiento de sus labios se podía adivinar que rezaba alguna jaculatoria para espantar a los demonios.

Cuando la comitiva pasó ante él, la Tía Nunci se paró y le pidió la mano para besársela

—Gracias don José María, que Dios se lo pague, ahora cuando vuelva a mi sitio comience de nuevo el responso.

Se acercó al féretro y pidió ayuda para meterse dentro, Nucha miró a su marido y su cuñado pero estos estaban tan aterrorizados que no se dieron cuenta, solo despertaron del ensueño cuando escucharon a la tía.

—¡Veña pachorrentos!, venid a ayudar a las niñas.

Se acercaron casi sin mirarla y entre los dos ayudaron a meterla en el féretro, cruzó las manos encima de su pecho, cerró los ojos y una vez lo subieron al catafalco  allí quedó expuesto el cuerpo de Doña Anuncia, vestida de gitana, con su mantón y su pañuelo en la cabeza y un clavel blanco en el pelo.

Ni que decir tiene que les costó un par de horas y varias botellas de orujo encontrar la tranquilidad, nadie se movió de allí hasta que salió el cortejo fúnebre hacía la Iglesia, de madrugada cerraron la caja y taparon el cristal para que nadie, ni en la misa, la viera vestida así y se conjuraron para callar lo que había pasado. A las once de la mañana del Día de Todos los Santos le dieron cristiana sepultura.

Requiescat in pace... y... ¡olé!.


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